El secuestro por la amĂ­gdala

17 de Agosto, 2009

“Recordar que nos vamos a morir es la única manera que conozco de no caer en la trampa de que tenemos algo que perder” Steve Jobs.

¿Por qué razón nos cuesta tanto trabajo asimilar información y actuar en consecuencia? Tenemos, por ejemplo, suficiente información para saber que debemos despedir a una persona porque no da resultados, o sabemos que tenemos que invertir para modificar la línea de productos y ser competitivos, y sin embargo permanecemos congelados, o lo que es peor, reaccionamos violentamente y gritamos, pataleamos pero no actuamos en consecuencia.

Hasta hace poco no existía una explicación de por qué los seres humanos nos congelamos o violentamos ante la posibilidad de cambios bruscos. Hoy la ciencia evolutiva y la psicología se unen para proponer una explicación: no actuamos (o sobreactuamos) porque nuestra parte de cerebro más racional está siendo secuestrada por la parte del cerebro reptil.

Laurence Gonzalez en su libro Deep Survival (uno de mis libros favoritos) explica cómo es que en situaciones similares, comparando a dos grupos de escaladores en Los Andes,  un grupo sobrevive y el otro se muere. La razón es que el sobreviviente logró liberar al cerebro racional por encima del reptil y tomó decisiones en calma y con toda la información disponible, mientras que el grupo que no sobrevive tomó decisiones en pánico, como por ejemplo brincar al precipicio, tomarse toda el agua, y otras decisiones que lo llevan al fracaso, actuaron como reptiles atrapados.

La amígdala es un órgano en el cerebro que cuando recibe una señal de peligro “prende” la función reptil y cierra las funciones racionales. Este secuestro de las funciones racionales  y lógicas nos convierte en animales no racionales, es decir, reptiles. La función evolutiva de esta capacidad de la amígdala es clara: cuando todo lo que importaba era comer o ser comido, actuar como reptil ante el peligro –la elección es pelear correr o congelarte- era muy útil. Para el mundo actual, la amígdala se convierte más en un pasivo del ser humano que en activo, ya que en la mayoría de situaciones que enfrentamos de cierto peligro (un competidor, un empleado molesto, hasta un asalto) es preferible tener pleno uso de lógica y razón antes de soltarle un derechazo al empleado, competidor y hasta al ladrón.

Los mejores directivos de empresas y los mejores emprendedores a final de cuentas actúan como los sobrevivientes: toman decisiones cuando llega la información suficiente (nunca será completa), piensan antes de actuar, nunca se congelan ante la decisión, y lo más importante, toman acciones fríamente calculadas. No permiten que la amígdala los secuestre.